04 noviembre 2009

No son tres meses

A veces me duermo sin sueño. Me juzgo sin tiempo. Otras noches no me gusta Benedetti. Me gusta callar, arrollar y silenciar todo. Hablo sin pensar y soy vacilante. Me gusta saberme un dios, un tirano. Odio lo simple, austero, hipócrita y decididamente ordinario. Me gusta que saluden con los ojos, y que miren con las manos. Me agrada la sinceridad, la certeza y la mentira. Me gusta lo interesante, lo honesto, hasta lo perverso y burdo. Soy triste y espontáneo; terco y débil. Si dedico tiempo a alguien, no espero ser agradecido. Me gusta creerme fuerte, ecuánime y calculador. Pero soy hombre y me gusta mentir.

Amar me vuelve frágil y sumiso; desear, indeciso y tonto; soñar, distraído y melancólico. Cuando alguien me gusta, me ignoro y leo un periódico. Cuando deseo estar con alguien, empiezo a remembrar soledades congestionadas. Si alguien me hace soñar, me ahogo en un café. Cuando creo amar, prefiero reconstruirme. Pero soy hombre y, sobretodo, me gusta mentirme.

Nadie, desde hacía mucho tiempo, me ponía en esas situaciones. Ayer, volvió a pasar. Esta vez habla o intenta hablar español, inglés y alemán. Sabe un poco de francés y algo de latín. El cabello arriba de los hombros, rubio y ojos azules. Es callado y se deja corta la barba. Tiene mi estatura y le cuesta pronunciar la “r”. Parece de otro mundo, quizás por eso se tatuó en la pierna derecha un globo terráqueo. Usa lentes y lo subestiman. Es zurdo y siempre saluda con la derecha. Me gusta su sonrisa. No es de un comercial y eso busco, algo humano, algo imperfecto. Además no sonríe por compromiso o por agradar. Sonríe por sinceridad o, al menos, eso me gusta creer. Le gusta la filosofía y puede cocinar. Es callado porque conoce pocas palabras. Lo que más me gusta es enseñarle nuevas. Además, cuando lo corrijo se sonroja y eso me gusta más.

Cuando lo encontré, me convertí en el niño con su juguete nuevo. Quería que todos lo vieran, que todos nos vieran, me vieran. No sabía qué hacer. No sabía si tocarlo, comérmelo, romperle el empaque, guardarlo y olvidarlo. De algo estaba seguro: no quería prestarlo. Entonces le pregunté el nombre, me cansé de llamarle sin llamarlo, y él hizo lo mismo. El nombre es otra imperfección. Algunos dicen que saber el nombre de alguien nos da poder, a mi me lo quitó, me hizo vulnerable. Saber su nombre lo hizo más tangible, cercano, deseable. Al principio no podíamos pronunciarlos; nos ayudamos: “No lo digás con vocal al inicio”, “La r debe salir de tu garganta”, “La rr de mi apellido es con la lengua”, “Yo tampoco puedo pronunciar el tuyo”. Nos costó, pero aprendimos.

Mañana querré olvidar sus vocales. Quizá deje de soñarlo, su cabello crezca, o en diciembre se marche. Otro aparecerá pero no le preguntaré el nombre. Ojala mentirse bastara y no me gustara tanto hacerlo.

03 noviembre 2009

Guten Morgen

Cuando me abandones,
no voltees.
No habrá esperas
ni remordimientos.
No vuelvas arrepentido,
No te excuses;
Yo cercaré con olvido
desde tu apellido,
hasta el tatuaje en tu pierna.
No vuelvas,
dejame a la deriva...
yo sabré cómo salvarme.
Baila en otros cuerpos,
piérdete en otros calores
reconócelos y guárdalos,
húndete en otros océanos.
Aléjate,
lárgate en diciembre,
la mañana del veintisiete
vete
en silencio,
recuerda que aquí no dejas nada.
Cambia tu acento,
aprende nuevas palabras,
olvida este mar,
las mañanas con frío,
mi cuerpo, tu playa,
todo lo tuyo en mí.

Al alba - Luis Eduardo Aute



Si te dijera, amor mío,
que temo a la madrugada
no sé qué estrellas son éstas
que hieren como amenazas,
ni sé qué sangra la luna
al filo de su guadaña.

Presiento que tras la noche
vendrá la noche más larga,
quiero que no me abandones,
amor mío, al alba
al alba... al alba,
al alba... al alba.

Los hijos que no tuvimos
se esconden en las cloacas,
se comen la últimas flores,
parece que adivinaran
que el día que se avecina
viene con hambre atrasada.

Miles de buitres callados
van extendiendo sus alas,
no te destroza, amor mío,
esta silenciosa danza,
maldito baile de muertos,
pólvora de la mañana.

Al alba... al alba,
al alba... al alba.

01 octubre 2009

Dos veces mujer

La celda era pequeña, sucia y con una costra en el suelo que le daba un aspecto más deprimente. Ahí lo metieron, sin mediar palabra. No había nadie, después iban a turnarse tres hombres dentro de ella.

La tarde no había sido espectacular. Llevó los vestidos a la tintorería, ensayó la presentación y fue a comprar un par de tacones azules para combinar con el vestido de lentejuelas. Compartió un café con su amiga del club y después a la casa.

Se cambió y salió a trabajar. Siempre que pasaba frente al parque una extraña sensación le abrumaba. Recordaba su primer día. Tenía catorce cuando empezó. Le llamaban: “La Tardía”, porque empezó tarde en el oficio. Sin embargo, después le nombraron “La Hacelotodo” o “Carmen”.

A las cinco entraba en el bar. Barría y trapeaba. “En esta se sentará Valeria”, “en ésta mi madre”, “en está mi padre, mi hermano, su esposa y mi gato”, se decía mientras ordenaba las sillas. Después de acomodar las sillas por color o tamaño –dependía de su estado de ánimo- iba a maquillarse. Su tocador era una silla de plástico, una mesa pequeña y un espejo de mano.

El ambiento espeso a licor y cigarros de marca. Las luces sobre el escenario. La audiencia callada. Solo se escuchaba el “Quizás, quizás, quizás” de Nat King Cole y la mímica de Valeria sobre el escenario. Al final solo eran aplausos, no había besos, abrazos que valieran la pena. El vestido de lentejuelas se marcaba a la mitad de sus muslos. El pelo castaño se hundía en la espalda desnuda. Un juego de collar y lentejuelas baratas adornaban su cara. Los ojos negros, nariz y labios pequeños. Nada excepcional, solamente un lunar en el cuello y un par de camanances.

Todos volvieron a sus tragos y a sus cigarros. Nadie la vio salir de La Taberna. Nadie siguió el taconeo de su paso, o la imitación de Channel que dejaba como vaho en su camino.

Regresó a su apartamento y dejó a Valeria en la cama. Con el pelo rubio, unos labios más grandes, unas piernas más estilizadas sobre unas plataformas y un juego de fantasía más convincente salió a dar la primera ronda.

A mitad de la noche se encontró con las otras. Roberto no estaba, aprovecharon para sentarse en la acera. Le dijeron que no a tres carros y una camioneta. Todas la odiaban. Todas odiaban los diecinueve años que tenía y la elegancia de todos sus gestos. Parecía una niña virginal en su primera comunión. Tan blanca como la luz de un automóvil a las dos de la madrugada, pero sobre una calle llena tragedias, condones, putas y amores. Ninguna se le comparaba.

-¡¿Qué hacen sentadas, hijas de puta?! Esto no es el parque, vayan a joder a su madre. Si quieren dinero muevan ese culo y vayan a follarse a algún puto.

Al instante la cuadra se llenó de plataformas contra el suelo, de automóviles indecisos, de insinuaciones sin valor, de insultos, de cigarro, de decepción y tristeza disimulada por el primer cliente.

Carmen se fue en una camioneta azul. Regresó una hora después. “Así me gusta. Aprendan a ella, hijas de puta”, le dijo Roberto mientras le pagaba. Se subió en dos Toyota, un Honda, un escarabajo. Terminó a las cuatro de la mañana. Roberto la fue a dejar al departamento. Nadie la veía entrar, ni salir – todos fingían por piedad a su madre.

Entró directo al cuarto. Escondió la cartera de condones en el fondo del ropero, guardó en una caja las plataformas y se quitó el maquillaje. Se había cansado de Carmen y volvió a Valeria. Nadie las miraba, nadie las conocía.

El viento inflaba las cortinas cuando tocaron a la puerta.

-Hija, ¿estás levantada?, preguntó su madre.

-No, mamá ¿Qué querés? - le respondió mientras se terminaba de exfoliar la piel.

-Voy a la misa de las cinco, ¿me acompañás?

No le respondió. A los minutos se escuchaba el sonido de la puerta. Por fin, sola, se dijo. Puso a Luis Miguel y se fue a bañar. A nadie en el condominio le molestaba la música. La mayoría de los vecinos eran señoras o jubilados con pensiones miserables. En el fondo compartían sus gustos. Boleros trágicos, tangos de Gardel y Piazzolla.

Carmen y Valeria desayunaban cuando el teléfono sonó. Era su madre.

-Hija, tu tía se ha enfermado. No llegaré a la casa hoy.

Todo el día para ellas solas.

Era lunes y el bar no abría. Esta noche era para Carmen. Miró televisión hasta el mediodía mientras se depilaba todo el cuerpo. Carmen era fría. No demostraba emociones y eso era lo mejor. En el oficio no hay que mezclar sentimientos. Uno vende placer, gemidos, un absurdo orgasmo forzado pero jamás intimidad. Carmen era una mujer triste, hastiada y resignada, sin madre y sin Dios.

Valeria al contrario era una mujer alegre. Le costaba llorar y se rodeaba de muchos amigos. Cualquiera diría que podía parecer una mujer cualquiera. Gustaba de escuchar radio novelas y leer libros. Todavía usaba las camisas que su madre le compraba.

Sin embargo, a las seis, Valeria empezaba a borrarse. La luz en sus ojos se perdía; la delicadeza de sus movimientos se volvía una exageración ridícula y triste; las medias de lycra, por medias de rejilla; las camisas de algodón, corsés oscuros y asfixiantes; la sonrisa se convertía en una mueca. Al final, Carmen dejaba a Valeria en la casa y Valeria se olvidaba de Carmen.

El padre terminó la misa y todos se marcharon. Sabía que Valeria estaría en casa esperándola con el desayuno. Sin embargo, tenía que pasar por la comisaría antes. Solo llevaba una biblia y un murmullo de Padre Nuestro.

-Buenos días.

-Buenos días, le respondió el oficial en turno.- ¿Qué desea señora?, le preguntó dejando entrever su ironía.

-¿Se encuentra Carlos Guzmán?, le preguntó, colocando la biblia sobre el escritorio.

-No, señora, aquí no hay ningún Carlos Guzmán.- Le respondió con una risa burlona.- Pero sí hay una Carmen, ¿no se refiere a ella?

Cuando llegaron a la casa, el desayuno estaba servido. Nadie comió.