07 diciembre 2009
Shivaree - Bosa Nova (De vez en cuando no me molesta)
Me relaja y no me siento culpable. Talvez, un poco afeminando pero nada más. No creo que la cantante sepa realmente qué es Bossa Nova. Quizás yo no la comprendo. En fin, no me pondré a pelear por el título. Me gusta el ritmo, la letra y su voz. Para mí, eso es suficiente. Bajé la discografía y no está nada mal, digo yo.
I want you babe more than anything else
IN
THE
ROOM
more than anything else
IN
THE
ROOM
Let's light up a doobie and watch some porn
Es horrible estar de vacaciones. Ya no me preocupo por ir al gimnasio, no tengo que hacer uso de mi cuerpo para atraer especímenes en celo. Sí, es cierto, ya no me obligan a leer libros basura y panfletos de mierda, pero extraño la sensación de estrés. Saber que en cualquier esquina o pasillo me puedo encontrar con uno de los cuatro, bueno, tres porque uno ya salió de la universidad o que Ivón desea que hayamos leído para su clase, saber si Josué llegará a la clase o, por lo menos, si Don Lido no hablará de Troya.
Pasó las tardes jugando Restaurant City y tratando de encontrar películas en internet que valgan la pena. Además de acosar gente en el facebook, no hay muchas cosas divertidas que hacer. El calor es insoportable y le daría a gracias a cualquier dios si alguien me invitara a un café. Expresso y sin azúcar.
Debería de estar leyendo un libro para el parcial de Introducción a la Literatura con Don Lido pero me da mucha pereza. Bueno, al menos, no tenemos que leer ¿Filosofía para qué de Ellacuría?
Entonces, ya leyeron, acepto un café, cerveza, almuerzo, cena o cualquier otra invitación. Pero no les pagaré con favores sexuales, a menos, claro, que sea la segunda cita.
Pasó las tardes jugando Restaurant City y tratando de encontrar películas en internet que valgan la pena. Además de acosar gente en el facebook, no hay muchas cosas divertidas que hacer. El calor es insoportable y le daría a gracias a cualquier dios si alguien me invitara a un café. Expresso y sin azúcar.
Debería de estar leyendo un libro para el parcial de Introducción a la Literatura con Don Lido pero me da mucha pereza. Bueno, al menos, no tenemos que leer ¿Filosofía para qué de Ellacuría?
Entonces, ya leyeron, acepto un café, cerveza, almuerzo, cena o cualquier otra invitación. Pero no les pagaré con favores sexuales, a menos, claro, que sea la segunda cita.
Etiquetas:
Espasmo cerebral
23 noviembre 2009
12 pm
¿Y ahora? Hablemos y finjamos escucharnos pero después no huyamos. Decímelo en español, suave y con un café de por medio.
04 noviembre 2009
No son tres meses
A veces me duermo sin sueño. Me juzgo sin tiempo. Otras noches no me gusta Benedetti. Me gusta callar, arrollar y silenciar todo. Hablo sin pensar y soy vacilante. Me gusta saberme un dios, un tirano. Odio lo simple, austero, hipócrita y decididamente ordinario. Me gusta que saluden con los ojos, y que miren con las manos. Me agrada la sinceridad, la certeza y la mentira. Me gusta lo interesante, lo honesto, hasta lo perverso y burdo. Soy triste y espontáneo; terco y débil. Si dedico tiempo a alguien, no espero ser agradecido. Me gusta creerme fuerte, ecuánime y calculador. Pero soy hombre y me gusta mentir.
Amar me vuelve frágil y sumiso; desear, indeciso y tonto; soñar, distraído y melancólico. Cuando alguien me gusta, me ignoro y leo un periódico. Cuando deseo estar con alguien, empiezo a remembrar soledades congestionadas. Si alguien me hace soñar, me ahogo en un café. Cuando creo amar, prefiero reconstruirme. Pero soy hombre y, sobretodo, me gusta mentirme.
Nadie, desde hacía mucho tiempo, me ponía en esas situaciones. Ayer, volvió a pasar. Esta vez habla o intenta hablar español, inglés y alemán. Sabe un poco de francés y algo de latín. El cabello arriba de los hombros, rubio y ojos azules. Es callado y se deja corta la barba. Tiene mi estatura y le cuesta pronunciar la “r”. Parece de otro mundo, quizás por eso se tatuó en la pierna derecha un globo terráqueo. Usa lentes y lo subestiman. Es zurdo y siempre saluda con la derecha. Me gusta su sonrisa. No es de un comercial y eso busco, algo humano, algo imperfecto. Además no sonríe por compromiso o por agradar. Sonríe por sinceridad o, al menos, eso me gusta creer. Le gusta la filosofía y puede cocinar. Es callado porque conoce pocas palabras. Lo que más me gusta es enseñarle nuevas. Además, cuando lo corrijo se sonroja y eso me gusta más.
Cuando lo encontré, me convertí en el niño con su juguete nuevo. Quería que todos lo vieran, que todos nos vieran, me vieran. No sabía qué hacer. No sabía si tocarlo, comérmelo, romperle el empaque, guardarlo y olvidarlo. De algo estaba seguro: no quería prestarlo. Entonces le pregunté el nombre, me cansé de llamarle sin llamarlo, y él hizo lo mismo. El nombre es otra imperfección. Algunos dicen que saber el nombre de alguien nos da poder, a mi me lo quitó, me hizo vulnerable. Saber su nombre lo hizo más tangible, cercano, deseable. Al principio no podíamos pronunciarlos; nos ayudamos: “No lo digás con vocal al inicio”, “La r debe salir de tu garganta”, “La rr de mi apellido es con la lengua”, “Yo tampoco puedo pronunciar el tuyo”. Nos costó, pero aprendimos.
Mañana querré olvidar sus vocales. Quizá deje de soñarlo, su cabello crezca, o en diciembre se marche. Otro aparecerá pero no le preguntaré el nombre. Ojala mentirse bastara y no me gustara tanto hacerlo.
Amar me vuelve frágil y sumiso; desear, indeciso y tonto; soñar, distraído y melancólico. Cuando alguien me gusta, me ignoro y leo un periódico. Cuando deseo estar con alguien, empiezo a remembrar soledades congestionadas. Si alguien me hace soñar, me ahogo en un café. Cuando creo amar, prefiero reconstruirme. Pero soy hombre y, sobretodo, me gusta mentirme.
Nadie, desde hacía mucho tiempo, me ponía en esas situaciones. Ayer, volvió a pasar. Esta vez habla o intenta hablar español, inglés y alemán. Sabe un poco de francés y algo de latín. El cabello arriba de los hombros, rubio y ojos azules. Es callado y se deja corta la barba. Tiene mi estatura y le cuesta pronunciar la “r”. Parece de otro mundo, quizás por eso se tatuó en la pierna derecha un globo terráqueo. Usa lentes y lo subestiman. Es zurdo y siempre saluda con la derecha. Me gusta su sonrisa. No es de un comercial y eso busco, algo humano, algo imperfecto. Además no sonríe por compromiso o por agradar. Sonríe por sinceridad o, al menos, eso me gusta creer. Le gusta la filosofía y puede cocinar. Es callado porque conoce pocas palabras. Lo que más me gusta es enseñarle nuevas. Además, cuando lo corrijo se sonroja y eso me gusta más.
Cuando lo encontré, me convertí en el niño con su juguete nuevo. Quería que todos lo vieran, que todos nos vieran, me vieran. No sabía qué hacer. No sabía si tocarlo, comérmelo, romperle el empaque, guardarlo y olvidarlo. De algo estaba seguro: no quería prestarlo. Entonces le pregunté el nombre, me cansé de llamarle sin llamarlo, y él hizo lo mismo. El nombre es otra imperfección. Algunos dicen que saber el nombre de alguien nos da poder, a mi me lo quitó, me hizo vulnerable. Saber su nombre lo hizo más tangible, cercano, deseable. Al principio no podíamos pronunciarlos; nos ayudamos: “No lo digás con vocal al inicio”, “La r debe salir de tu garganta”, “La rr de mi apellido es con la lengua”, “Yo tampoco puedo pronunciar el tuyo”. Nos costó, pero aprendimos.
Mañana querré olvidar sus vocales. Quizá deje de soñarlo, su cabello crezca, o en diciembre se marche. Otro aparecerá pero no le preguntaré el nombre. Ojala mentirse bastara y no me gustara tanto hacerlo.
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